Viaje en minibús privado a

Ronda

La visita incluye: Plaza de Toros de Ronda*, la Antigua Medina Árabe, el Parque, Murallas, el Puente Nuevo, Casas y mansiones señoriales. Antiguos conventos.


Desde 18 € / persona
*(entradas no incluídas)

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La fascinación de Ronda

Ronda, por su poderoso poder de espolear las imaginaciones no deja de ser noticia cada día. Ya se prepara la septembrina feria de Pedro Romero y la ciudad en su conjunto se mueve al compás de los preparativos del evento en los primeros días del próximo mes.
Creo que fue el mismísimo Hemingway quien dejó por escrito, refiriéndose a Ronda, que es la ciudad andaluza que mayor poder de seducción ejerce sobre las imaginaciones. Somos muchos los que compartimos la apreciación del Nóbel norteamericano. También lo podría haber afirmado mucho antes Rilke, tal vez sumido en sus reflexiones espirituales acabadas casi siempre en bellas imágenes cargadas de simbolismo. O, quizás fue Orson Welles, creador de Ciudadano Kane, hoy reconocida como la mejor película de toda la historia del cine. Las tres celebridades mostraron su predilección por la ciudad del Tajo, en el caso del cineasta escogiéndola como lugar para el eterno descanso de sus restos mortales. Ensueño, hechizo, evocación. Son sentimientos que a muchos, ciudadanos de a pie, nos embarga, aunque estemos lejos de poder expresarlos con la prestancia de tan ilustres visitantes.
Obviamente, quienes con mayor fuerza experimentan la atracción de Ronda, bajando a un plano sensiblemente inferior, son los 27 municipios que sobre ella gravitan. Por las más variadas razones. Desde las sentimentales a las económicas; de las sociales a las de mera satisfacción de necesidades perentorias. Tal vez esta vinculación de pueblos con la ciudad que sobre ellos ejerce tanta influencia haya sufrido notable retroceso como fruto del espectacular crecimiento de las comunicaciones en los últimos años. Pero los lazos de unión siguen siendo firmes, casi inalterables.
La gente sigue subiendo, o bajando según se mire, a Ronda para solicitar los servicios del notario, del abogado, del sastre o del médico. Antes, bien es verdad, se venía por muchas más cosas. Lo sabemos los que ya dejamos atrás la cincuentena y como a mí me ocurre –hay mucho de estas remembranzas en el sentimiento de Proust, a quien el saborear las magdalenas que le entusiasmaron en la niñez (a mí me ocurre con las deliciosas yemas del Tajo) bucea en el pasado y lo reverdece, ya en camino de la senectud -. No es raro que en las contadas ocasiones que a ella retornamos no se eche con nostalgia la vista atrás.
Treinta o cuarenta años atrás se iba a Ronda, ya digo, para casi todo. A comprar el traje (las mujeres invariablemente en Casa Pepita) para la fiesta del pueblo; los farolillos y cohetes, adornos y abalorios para el mismo evento en el estanco de Marcos Morilla y algunas provisiones manducatorias que se salían de lo habitual en la tienda de Victoriano Borrego. Aperos de labranza, aliños para las matanzas caseras de cerdos; dulces para la celebración de amonestaciones y bodas, navajas y cuchillos albaceteños, juguetes para la fiesta de los Reyes Magos... No siempre se iba personalmente, muchas veces se recurría a la cosaria para este menester. A estas mujeres que en las peores condiciones de transporte y con ganancias mínimas iban y venían cada día a la ciudad contrajo el pequeño comercio una deuda de reconocimiento que nunca fue saldada. Todo hay que decirlo.
Mi fascinación por Ronda nació, cuando contaba muy pocos años, entre el olor de los churros de la calle la Bola y la gran caja de dulces de la confitería Harillo que invariablemente compraban mis padres, una vez acabado el asunto principal de la visita. El papel amarillo y las grandes letras azuladas del envoltorio (todavía lo mantiene) constituyeron una referencia obligada que hablaba a las claras de la visita a la ciudad. Luego, con los años, vendría mi descubrimiento particular de la ciudad en un ocasional y grato deambular que todavía continúa siempre que tengo ocasión. Viejas iglesias, antiguos conventos, plazas recoletas, callejuelas estrechas con mansiones de patios señoriales que exhalan aromas de historia y leyendas. La antigua Medina Árabe, el Puente Nuevo, la fuente de los Ocho Caños, las murallas, la monumental Plaza de Toros en cuyas columnas se enredan como la hiedra gloriosas tardes de los más célebres representantes de la escuela taurina rondeña. Ensoñación, delirio, embrujo que no cesa.
Pepe Becerra

- Plaza de Toros de Ronda.


- El Puente sobre el "Tajo" de Ronda.


- La Medina Árabe


- La Fuente de los Ocho Caños.


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